Más sobre el homenaje a Pepe Castro, vicepresidente de la APG

Juan Ramón Díaz, director general del grupo editor de los periódicos El Ideal Gallega, Ferrol Diario y Diario de Arousa hizo el perfil profesional y humano de Pepe Castro durante le homenaje ofrecido por la Asociación de la Prensa de la Coruña, con la colaboración de la APG el día 2 de marzo de 2007.

Como en su día no pudimos ofrecer el texto completo de la intervención, lo reproducimos hoy.

A Coruña, 2 de marzo de 2007

Amigas, amigos, colegas, simpatizantes todos de Pepe Castro:

El comité de sabios que organiza esta ceremonia, no hizo honor a su título y cometió la torpeza de encomendarme el halagador trámite de glosar, por lo miudo, la vida y aventuras del protagonista, tarea fácil porque las virtudes que le adornan saltan a los ojos y no precisan ampliaciones a pie de página. Por otro lado, estoy en deuda literaria con él porque en esos galardones comunicativos, que anualmente concede Arturo Maneiro junto a la nueva catedral de la Cidade da Cultura, se me reconocieron supuestos méritos, que en la laudacio de Pepe Castro se transformaron en virtual elegía.

Por ejemplo: seguro que el secretario xeral de Comunicación, Fernando Salgado, que, aunque procede del puerto seco de Monterroso, ya cruzó tres veces la Marola y recita de corrido las hazañas de Maria Pita, ejecutaría mejor que yo el trabajo que ahora inicio.

La falsa alarma de que nuestro agasajado acomete su jubilación definitiva, nos reúne esta noche, con cierta expectación, en torno a la amistad, el alborozo y la nostalgia, que de todo hay en la avezada mochila existencial de este singular persoeiro, que lleva en la mirada el perfil de los bravos outeiros de O Bocelo, salpicados de mámoas, tégulas y achados romanos, a un tiro de piedra del cenobio de Sobrado.

Supo, en sus andanzas juveniles, que aquellos parajes conocieron la monarquía sueva, asunto que convendría incluir en el nuevo Estatuto. Probó el café con manteca, el asado de ganso silvestre y la mermelada de tomate, delicada y tradicional dieta que frecuentaban sus ancestros, y que no figura en el Boletín Oficial de Picadillo.

Olfateó al raposo y vio pasar al corzo, veloz entre las sobreiras, huido del escudo heráldico de mi señor el conde de Présaras, fundador y amo de aquellos feraces predios. Sería una alondra, de las que bajan los viernes desde la Serra da Cova da Serpe, la que velaría sus abundantes lecturas humanísticas, que tan visible huella han dejado en su arquitectura literaria.

Después, paseó por la orilla del rumoroso Tambre, que por allí viaja crecido de caudal, sin minicentrales que lo atormenten. Y de epílogo, una higiénica zambullida en el Mandeo, que circula hacia Betanzos y que sirvió de seudónimo a sus frecuentes colaboraciones en las páginas de La Voz de Galicia, como podrá atestiguar su director, Xosé Luis Vilela, quien, por aquellos tiempos, ya mostraba una poco frecuente musculatura vocacional.

No existen, pues, razones para el sollozo prolongado, porque Pepe Castro sólo abandona el cash flow de los números cuánticos, el ebitda de la obra social, la solemnidad del fondo de comercio, pero continúa ligado, por vocación, a la pluma, la goma de borrar, el papel secante, los blogs futuristas y las emancipaciones gremiales. Y esto nos aquieta y nos alegra.

El agasajado, llegado el tiempo de Adviento, y al igual que Coloccini y Caparrós, había hecho el amago de irse del portaaviones caixeiro, en momentos de cambio de rumbo, fertilizantes a bordo y mares agitados. Desde el longevo faro de Hércules ya intuimos que al primer oficial de Comunicaciones de la poderosa nave financiera, convertido en lobo de mar, le apetecía coger el macuto y bajar por la pasarela al muelle de Linares Rivas, aprovechando una pleamar estival con luna llena. Pero el almirantazgo se resistía a perder un servidor tan cualificado, fiel y polivalente, que había convertido en modélico el departamento que regentaba, pese a sus exiguas dotaciones de personal.

Mientras no se produjo la definitiva arribada, el navegante amplió sus funciones a bordo: meció la cuna de la generosa Fundación de la casa armadora, y auxilió desde el Patronato rector alguna complicada maniobra para la toma de decisiones.

Aprovechando sus escasas jornadas de asueto, remataba su cuaderno de bitácora, cuajado de secretos, anécdotas y matices--¡ay, si hablasen los matices!--, y aligeraba unos feixes de líricos poemas libertarios. El cansancio le impidió corregir las pruebas de su gran novela imaginaria. En síntesis, cultivó la bonhomía, como casi siempre, con la tripulación y el alto mando.

Su otra vida profesional empieza ahora, lejos de las tácticas de pizarra, ajeno al Ibex 35, sin ataduras de la Comisión Nacional del Mercado de Valores, controlada ya la hipertensión ecológica, y aplacado el colesterol mental que su antiguo oficio generaba.

Se movió con soltura en una enorme factoría financiera de arrastre por popa, desde la que tenía que hacer de mensajero con valija oficial; convertir el vinagre en agua mineral, fabricar elixires propagandísticos sin efectos secundarios; y atemperar los ímpetus de la tropa xornalística deseosa de redactar graves batallas. La verdad es que tampoco hubo demasiados sunamis.

El único ciclón del que hay noticia fue el Hortensia, que pasó de largo por la oficina principal de Rúa Nueva y que vivió en primera persona el maestro García Sabell. Su actual sucesor en la elegante Delegación del Gobierno, Manuel Ameijeiras, debería ocupar hoy silla principal en este escenario, según había anticipado, pero sigue convaleciente, tras el lance del Ostedijk, y la visita de la bulliciosa ministra de Fomento.

En ese gran tablero de los dineros y las noticias, nuestro hombre apoyó, sin reservas, a su rey en apuradas situaciones de jaque, e incluso sacrificó alguna ficha propia para que ganasen las blancas.

Enrocaba con prontitud y esmero, para defender mejor las posiciones más hostigadas por la opinión pública. Se afanó, con óptimos resultados, en proyectar una excelente imagen de la institución y de sus héroes míticos.

En peligrosos instantes de fusiones, absorciones, aleaciones y fisiones, con el clamor local bajo los pies, sirvió a la diplomacia confederada en misiones de alto riesgo personal, y avaló con su hacienda intelectual, anticipos de mercadurías inexcusables.

Es discreto como un embajador ante la Santa Sede; leal como un irmandiño de la Terra Chá; culto como un esgrevio de la Xeneración Nós; prudente como un votante de la calle Real y modesto como un peregrino que asciende por Pedradita.

En los cursos de entrenamiento de la Ronda de Nelle aprendió que para moverse con soltura por la vida hay que montar una buena empresa familiar. Y sin consultar con Amancio Ortega, así lo hizo asociándose con Maria del Carmen, a quien uno, respetuosamente, llama doctora Peteiro. Les ha ido muy bien, aunque la esposa se queja, como otras, de los horarios inflexibles, de los fines de semana inexistentes, y de una inexplicable sinusitis que acompañó al cónyuge hasta el umbral del jubileo laboral. Han logrado ser complementarios, como exige el manual de la buena salud y de la concordia. Y, además, hacen realidad el famoso teorema de Alfonso Cabaleiro de que los seres de distinto signo se atraen y los del mismo signo se repelen. Pronto nos invitarán a conmemorar sus bodas de oro matrimoniales.

Decía González Laxe, en los tiempos en que ejercía, por cuenta de un alambicado tripartito, el mando supremo de esta nacionalidad histórica, que había dos clases de amigos. Unos, los menos, llamados amigos fiables y los otros, simplemente amigos. Pepe Castro es de los primeros porque a sus dotes de inteligencia y honradez suma ese sosiego espiritual del gallego que predicaba Ramón Piñeiro y narraba Cunqueiro con acreditado virtuosismo.

Queda mucho por contar y ensalzar, pero observo que estáis deseosos de escuchar al único protagonista. Por eso, a imitación del fino coruñés Fernández Flórez, hay que colocar una coda a las deshilvanadas líneas. Estos versos libres no son ni de Manolo Rivas ni de Suso de Touro, sino del pregonero:

Aspira, buen amigo,
éste aire repleto de hermandad,
cariño cierto, siempre escaso, palpitante,
que germina, espontáneo,
en el corazón de los presentes.

Es auténtico, perdurable.
Guárdalo en el cofre mágico
de tus mejores recuerdos.
Y para sellarlo,
para que no se pierda,
te entregamos nuestro mejor aplauso.


Pepe Castro en el momento de agradecer las palabras de Juan Ramón






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